Octubre de 1980, Baltimore

La luna derramaba su claridad plateada sobre las lucernas, la luz oblicua revelaba las motas de polvo suspendidas en el aire. May dormía profundamente, los pliegues de las sábanas se ajustaban a las curvas de su cuerpo. Sentada al pie de la cama, Sally-Anne la observaba, atenta a su respiración. En ese instante, ver dormir a May era lo único que le importaba. Como si en el mundo no existiera nada más, el universo entero cabía en ese

loft. Una hora antes la habían despertado visiones del pasado. Rostros conocidos, inmóviles y sin expresión, la juzgaban. Estaba sentada en una silla en mitad de un estrado, fusilada por sus miradas. Su manera de ser era fruto de una adolescencia en la que lo había aprendido todo sin que nadie le enseñara nada.

¿Pueden dos cuerpos rotos sanar al unirse? ¿El dolor de dos seres se resta o se añade?, se preguntaba.

—¿Qué hora es? —masculló May.

—Las cuatro de la mañana, quizá algo más tarde.

—¿En qué piensas?

—En nosotras.

—¿Cosas buenas o cosas malas?

—Vuelve a dormirte.

—No mientras te quedes ahí mirándome.

Sally-Anne fue a calzarse las botas y cogió su cazadora del respaldo de una silla.

—No me gusta que te vayas por ahí en moto de noche.

—No tienes por qué preocuparte, iré con cuidado.

—Sí, seguro. Quédate, voy a preparar un té —insistió May.

Se levantó, tapándose con la sábana, y cruzó la habitación. Un hornillo, unos cuantos platos, vasos descabalados y dos tazas de porcelana sobre una mesa de caballetes junto a un fregadero hacían las veces de cocina. May puso el hervidor en el fregadero, quitó la tapa y abrió el grifo. Luego fue a buscar la caja del té, guardada en un antiguo armario botiquín reconvertido, se puso de puntillas para coger dos bolsitas de té Lipton y dos azucarillos de un bote de barro, encendió una cerilla y reguló la llama azulada del infiernillo.

—¡Sobre todo no me ayudes!

—Estoy esperando a ver si te apañas con una sola mano —contestó Sally-

Anne con una sonrisita burlona.

May se encogió de hombros y soltó la sábana.

—Haz el favor de recogerla y ponerla en la cama, no me gusta dormir entre polvo.

Sirvió el té, le alargó una taza a Sally-Anne, cogió la suya y volvió a sentarse en la cama con las piernas cruzadas.

—Han llegado las invitaciones —dijo por fin Sally-Anne.

—¿Cuándo?

—Ayer por la tarde, pasé por la estafeta para coger el correo.

—Y no has juzgado conveniente decírmelo antes.

—Anoche lo estábamos pasando bien, temía que te obsesionaras con ello.

—No me gustan esos tíos con los que salimos, sus conversaciones políticas de tres al cuarto me aburren, esa actitud que tienen como de querer cambiar el mundo cuando se tiran todo el día fumando porros. Así que, siento decepcionarte, pero anoche tampoco es que me lo pasara tan bien. ¿Me las enseñas?

Sally-Anne se sacó dos sobres del bolsillo y los arrojó sobre la cama con un gesto indolente. May abrió el que iba a su nombre. Acarició la tarjeta, admiró el relieve de las letras impresas y se fijó en la fecha. La fiesta se celebraría dentro de dos semanas. Las mujeres, adornadas con sus mejores joyas, vestirían de manera extravagante, los hombres llevarían trajes grotescos, y algunos viejos cascarrabias, negándose a prestarse al juego, se contentarían con un esmoquin y un simple antifaz para ocultarse el rostro.

—Nunca en mi vida me ha apetecido tanto ir a un baile de disfraces — dijo May con una risita burlona.

—Nunca dejas de sorprenderme. Pensaba que te entraría miedo solo de ver las invitaciones.

—Pues no, ya no. No después de haber vuelto a esa casa. Cuando nos fuimos, me di cuenta de lo mucho que me había costado volver a poner los pies allí. Y me juré que nunca volvería a tenerles miedo.

—May…

—Vete en moto por ahí o vuelve a la cama conmigo, pero decídete.

Sally-Anne recogió la sábana y cubrió con ella a May. Se desnudó deprisa y se tumbó a su lado, sonriendo de nuevo.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó May.

—Nada, me gusta verte así de vengativa.

—Quiero que sepas una cosa que solo me concierne a mí, pero quiero que estés al corriente. Nunca dejaré que me cojan viva.

—¿De qué estás hablando?

—Me has entendido perfectamente. La vida es demasiado corta para abrumarse con tristezas superfluas.

—May, mírame a los ojos. Creo que estás cometiendo un error muy gordo. Pensar solo en vengarte sería otorgarles demasiada importancia. Se trata solo de que te devuelvan lo que no merecen tener.

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